Los metales presentes en los productos cosméticos son relativamente pocos. Entre ellos se encuentran el zinc, el cobre, el selenio, el estroncio, el magnesio y el manganeso. Por lo general, se utilizan en forma de sales o de complejos con compuestos orgánicos. Algunos ejemplos son el óxido de zinc, los péptidos de cobre y la selenometionina.
Estos metales desempeñan funciones específicas relacionadas tanto con sus propiedades individuales como con su papel de cofactores indispensables para la actividad de determinadas metaloenzimas. Por ejemplo, la piritiona de zinc y el sulfuro de selenio son agentes antifúngicos eficaces contra la caspa. El zinc participa en la actividad de proteínas antioxidantes como la superóxido dismutasa y la metalotioneína; además, el óxido de zinc es conocido por sus propiedades calmantes frente a la irritación cutánea inducida por tensioactivos. El cobre es cofactor de varias proteínas, entre ellas la lisil oxidasa y la prolil hidroxilasa, importantes para la síntesis de colágeno. Por este motivo, la aplicación tópica de péptidos de cobre puede ejercer efectos antienvejecimiento. El selenio es cofactor de enzimas antioxidantes como la glutatión peroxidasa y la tiorredoxina reductasa. La aplicación tópica de selenometionina reduce el eritema inducido por los rayos UV y se ha estudiado por sus posibles efectos antiarrugas en el rostro.
Algunos metales y sus complejos presentan color —por ejemplo, el cobre tiene una tonalidad azul verdosa—, lo que puede dificultar la formulación desde el punto de vista estético.
